Donde hay posidonia no hay pirañas

Relato de verano

Autor:

Claudia Livia

El agua acaricia la carne como si de infinitas manos se tratase, presionando suavemente a cada movimiento que en realidad haces tú. El agua te lo devuelve. Nada más sexy. En el mar, sin embargo, quien lleva el mando es él, o ella, según se prefiera. Sólo tienes que tumbarte, mantener el equilibrio decúbito y dejarte llevar adonde quiera la líquida esmeralda. Los roces y enredos de hojas sueltas de posidonia que cosquillean indican que no estás sola en el agua.

 

Un señor comenta que en el Mediterráneo no hay pirañas. Quiere conversar con el agua a la altura de la cintura, en su caso una imponente y saludable barriga. Decora su cuello una fina cadena de oro de la que cuelga un sencillo crucifijo, también de oro. Parece rosa. Le apetece informar de que él es de tierra adentro y por eso cuando escucha a alguien decir “huy qué fría” al pisar sobre las lenguas de mar siempre piensa que ese ser no sabe lo que es el agua fría. “Vente a un río de León”, se dice para sus adentros y ríe. www.posidoniacosmetics.es verano1

Después hablamos, más bien habla él, sobre el pez pincho, ese que se esconde bajo la arena y al pisar lanza un aguijón instalado en alguna parte de su lomo y te inocula un líquido que te envía a la Cruz Roja playera de inmediato. Más luego la consiguiente cojera el resto de tus vacaciones. Yo lo he visto en Catalunya, pero a mí no me ha picado ninguno. Pues a mí me picó uno en la Ría de Arousa, consigo intercalar yo. Como él quiere hablar con mi amiga más que conmigo comienzo un rodeo sutil y silencioso para hacer mutis y deslizarme mar adentro. Aunque yo también soy del interior, me gusta ir mar adentro.

El oleaje es suave, zarandea sin agotar y no da resaca, así que me atrevo a llegar hasta donde por fin mis pies pueden bailar colganderos y no tocan fondo marino. Se taponan mis oídos y escucho el viento con más nitidez, no así el ruido ambiente. Sensación paradisíaca con cientos de dedos tocándome suavemente mientras las olas me balancean sin dirección concreta, el viento sopla mi cabeza y me habla en idioma secreto aunque amable. Nada importa excepto ese momento.

 

Salgo por fin de enmimismamiento sumo y, al franquear la barrera de restos vegetales que la corriente arrastró a la orilla, me agacho y recojo rizomas de diversos tamaños y un puñado de hojas de posidonia oceanica que fueron arrancadas de sus plantas madres por el oleaje. Me propongo practicar algunos juegos. Ya se me ocurrirá algo.

Las dejo secar al sol, comienzo a idear cosas. Me lío con las lías de posidonia seca y me pongo a dibujar, a siluetear.

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Finalmente, decido que, con ese olor tan intenso, y habiendo observado que junto al mar no hay mosquitos tigre – o, al menos, es el único lugar donde no me están picando – la posidonia semi-seca servirá quizá para espantarlos junto a la piscina. Instalando bajo la mesa la bolsa abierta con los restos de rizomas y hojas. Mejor aún, hago una montaña. Yo creo que dio resultado. Como abono no sirve porque es materia muy salada así que tiene que servir para alguna cosa más.www.posidoniacosmetics.es FOTO_2_OVALO

 

 

 

 

Finalmente, la posidonia espantó al mosquito tigre de debajo de la mesa, pero el insecto ya me había expulsado a mí de la zona.

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En Madrid no hay playa, pero tampoco están esas fieras. Y me recibían la Virgen de la Paloma y el gran Rosendo.

 

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☼ Donde hay posidonia no hay pirañas ☼

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